La magia de los símbolos

En el 2019, publiqué un post sobre Abuso Sexual Infantil y cómo había afectado a mi vida (Darse cuenta). Siempre hablé de ello con mi entorno más íntimo: mis amigxs, mis parejas, algunos miembros de mi familia. Sin embargo, llegó un momento en que esto ya no era suficiente.

El discurso se había vuelto una trampa que no dejaba espacio a la elaboración de las emociones y las huellas que los recuerdos habían dejado. Llegó un punto en el que mi narrativa victimista solo me ayudaba a calcificar mi rigidez, emocional y corporal, y mi dolor, crónico y degenerativo, se alimentaba del sentirse incomprendida y del tabú que hace tan difícil enfrentar estos tipos de temas. La elaboración mental se alimentaba también de retazos de imágenes que no me dejaban acceder a todos los matices emocionales de la experiencia; esto reducía muchísimo el alcance de mi percepción en el presente. 

Todavía siento un gusto a culpabilidad cuando miro a mi historia en toda su complejidad, cuando la comprendo y la perdono, como si esto invalidara lo injusto de lo que he vivido y el daño que me ha provocado. Pero no es así. Al contrario, la aceptación total de las emociones en juego ha permitido cortar el lazo con ese monstruo exterior que me definía y salir de la cárcel de la rabia. En este proceso ha sido fundamental para mí experimentar con los símbolos, a nivel artístico pero sobre todo terapéutico. 

Hace años vi la película “Les maitres fous” del antropólogo visual Jean Rouge. En ella, Rouge muestra los rituales del culto Hauka, muy extendido por toda África Occidental entre los años veinte y cincuenta. En esta ceremonia, los Hauka entran en trance y son poseídos por diferentes espíritus asociados con los poderes coloniales occidentales. La perspectiva de Jean Roug es mostrar cómo este ritual permite a la comunidad enfrentarse a las contradicciones de la colonización y contribuye a conservar su salud mental, el ritual como una forma de limpieza emocional. En el mismo periodo, descubría el teatro y la improvisación como forma de investigación antropológica. Trabajaba con un colectivo (justamente) reticente a la hora de compartir su situación; sin embargo, cuando actuaban, el hecho de sentir que sus palabras no eran suyas sino las de sus personajes, les permitía compartir lo que tenían adentro sin miedo a ser juzgados (y juzgados sobre todo por ellxs mismxs). La improvisación era un juego que neutralizaba los mecanismos de defensa y, a la vez, la velocidad que requiere no permitía a la mente analítica y consciente de elaborar un discurso. 

De una forma similar, en Terapia Gestalt, se trabaja mucho con los sueños y los psicodramas: cuando te mueves fuera de lo consciente es más fácil conectar con aquello que está dentro tuyo porque tu control interno está despistado; allí es cuando se manifiesta aquello que está siempre ahí pero que no quieres ver. Lo mismo pasa cuando participamos en grupos terapéuticos: nunca sabes cuando va a llegar una frase de unx compañerx que te toca y qué genera esto en ti, estás en un terreno donde no puedes ejercer el control.

En otro nivel, este trabajo simbólico también puede ayudar a transformar las emociones asociadas a ciertos eventos y/o a dar un cierre a aquellos ciclos vitales que se han quedado abiertos y que seguimos repitiendo de una forma neurótica. En este sentido, en el 2018 tuve la suerte de que alguien me donara un acto psicomágico para deshacer un nudo emocional que me hacía repetir el mismo patrón una vez tras otra. En ese momento hice el acto y, año y medio más tarde, aquellas escenas rondaban por mi cabeza como imágenes de un sueño y decidí darles forma audiovisual. Es esto lo que he querido hacer con mi último corto (El cucarrón, capítulo 4): alguien sembró unos símbolos dentro mío que florecieron y se volvieron una nueva realidad; no solo aquella reflejada en la película misma, sino también la que se ha generado fuera de la película y a raíz de ella, gracias a las personas que me han ayudado y a las que la han recibido. 

Procesar el Abuso Sexual Infantil no se ha tratado tanto de un trabajo mental para mí, que también ha existido y que en su momento ha cumplido su función; pero la parte más consistente ha sido recolocar las emociones que constantemente me atacaban: la vergüenza, la culpa, la traición, el dolor, la rabia, la pérdida de la dignidad, etc…Esto ha requerido trabajar desde otra perspectiva y con un lenguaje desconocido, que me sorprendía todas las veces y neutralizaba mi ansiedad de control: allí es donde he podido nutrir mi inconsciente con otras imagenes, otros simbolos, conectar con la magia y la infinita posibilidad sanadora del inconsciente y desde ahí, finalmente, he podido crear nuevas realidades para mí. 

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