Una de las consecuencias de algunos traumas infantiles/de desarrollo más castrantes en la vida adulta, puede ser la dificultad de construir relaciones sexo-afectivas seguras y nutritivas.
Escribí un post sobre este tema con un tinte irónico (Espejismos) que reflejaba, con mis personales mecanismos de defensa, mi propia experiencia personal y la insatisfacción que he sentido siempre en este ámbito. Si bien siempre me he sentido muy adulta y funcional, incluso en la adolescencia (cuando no hubiera tenido que ser así), si se trataba de relaciones sexo-afectivas volvía a ser esa niña que no podía hablar por sí misma y callaba su ser en aras de evitar el conflicto y el rechazo. El mantener una relación con otra persona se me hacía tan pesado que vivía mejor cuando esa persona no estaba físicamente conmigo, mi cuerpo estaba literalmente más relajado aunque yo sintiera frustración por la ausencia del otro. Esto se traducía, en la esfera sexual, en la imposibilidad de conectar con mi deseo y placer en la pareja lo que, al contrario, me era muy fácil en situaciones donde lo afectivo no entraba en juego.
El trauma es una experiencia que tiene la característica de ser inasumible con los esquemas (cognitivos y emocionales) habituales de la persona, sobre todo cuando ocurren en la infancia que es cuando nos estamos formando y adquiriendo capacidades. Inasumibles porque cuestionan nuestro mundo relacional. El mecanismo de defensa principal para enfrentarse a esto es la disociación, es decir una desconexión de la mente de aquello que está pasando en el momento presente. Cuando pasa esto, ocurre una fragmentación de la experiencia que desafía directamente el sentido de unicidad de nosotros mismos y hace imposible la integración de dicha experiencia en una narrativa vital única. El impulso hacia la unificación, sin embargo, es tan fuerte, después de la experiencia traumática, que las personas necesitamos recomponer nuestra identidad, aun a costa de encogerla, reducirla o dividirla. Esa autonarrativa es nuestra representación personal y se construye en el marco de un proceso relacional con nuestras figuras de apego, nuestrxs cuidadorxs. Las relaciones de apego constituyen y regulan nuestra identidad. Cuando lxs cuidadorxs se relacionan de manera funcional con una criatura, la podrán ayudar a reintegrar esas partes de sí que se han disociado durante la experiencia. Sin embargo, si en la infancia dependemos emocionalmente de unxs cuidadorxs que no está disponible o cuyas respuestas son inconsistentes, de rechazo y/o de maltrato podemos desarrollar estilos de apego que minimicen la importancia de nuestras necesidades de vinculación o que bloqueen la comunicación de nuestros malestares. Crecemos así sin haber podido construir un sentido de nosotrxs mismxs en una conexión segura con otrx.
En mi caso, el hecho de haber vivido abuso sexual infantil en secreto, me hizo compartimentar todo la parte de mí que estaba sufriendo por ello: “si lo comparto, mi familia se romperá y me abandonará” me decía, lo que de adulta se transformó en “si comparto mi verdadero ser, la otra persona (o el grupo) no me va a poder sostener”. La dificultad de exponer mi vulnerabilidad en la intimidad con otrx/s la he compensado con una fuerte (auto)ironía y una buena capacidad de escucha (dos competencias que me siguen ayudando y a las que quiero mucho) pero que a cierta altura del camino se volvieron dañinas. En el momento en el que sentía que “estaba en una relación” (con el significado que cada unx asignamos a esta expresión) automáticamente cambiaba la percepción de mí respeto a la otra persona.
Son increíblemente poderosas las creencias que nos rezamos ya que alimentan nuestra realidad. Las mías: “los hombres a los que quiero abusan de mí” que si en el pasado el abuso era sexual, en el presente se configuraba como un abuso que yo misma me hacía, una incapacidad de poner el límite, en aras de complacer al otro con mis energías, mis recursos, mi buena fe y generosidad, etc. “Las mujeres que amo no me ven y no las puedo molestar que ya tienen sus problemas ” que en la adultez se transformaba en una prohibición a compartir mi sentir con las mujeres de mi entorno y una enorme dificultad en reconocer y vivir mi bisexualidad.
Todos tenemos unas necesidades básicas de satisfacción sexual, de ser queridx y de tener a alguien a quien querer. Cuando hablamos de amor entre adultos, la naturaleza de este vínculo recuerda la que se produce entre un bebé y sus figuras de apego; la diferencia es que en la edad adulta nos intercambiaremos entre el rol de cuidador y cuidado según las situaciones con la/s otra/s persona/s. Todxs tenemos miedo a la soledad, al abandono y a la pérdida y necesitamos vincularnos con otras personas que sean percibidas como incondicionales y duraderas por lo que el bienestar psicológico depende del equilibrio entre la autonomía personal y la aceptación de un determinado grado de dependencia de otrxs. En este sentido, los límites son las zonas de separación/diferenciación y a la vez de conexión con lxs otrxs. En esta zona de conexión tiene lugar el intercambio, la nutrición biológica y emocional, necesarias para conformar la mente y la experiencia del sí mismo. Esta experiencia de vinculación es la gran reguladora del sistema emocional de la persona.
Entonces un vínculo amoroso se alimenta de la seguridad, de la proximidad física y de la intimidad (que es la proximidad psicológica) en la que hay intercambio entre la posición de soporte y de dependencia funcional (cuando hablamos de una relación saludable). Para tener intimidad necesitamos de unos requisitos previos: igualdad, compromiso y reciprocidad. La intimidad es el descubrimiento de lo profundo, de lo más secreto del otrx y se alimenta de la respuesta sensible de la persona que lo recibe. Necesita de la capacidad de sentirse independiente y a la vez reconocer la necesidad de compartir un espacio con la otra persona. Para estar comodx en la intimidad, se necesitan unas capacidades: la de buscar cuidados y de ofrecerlos; sentirse bien con la autonomía y el negociar.
Por otro lado, el sistema sexual es el repertorio de conductas orientadas a satisfacer el deseo sexual, que es la energía psicológica que precede, acompaña y tiende a producir comportamientos sexuales. El deseo sexual tiene 3 dimensiones: cognitiva, afectiva (estado emocional) y neurofisiológica. Es decir, el deseo sexual es la combinación de impulso (la base energética), anhelo (la representación cognitiva o el deseo propiamente dicho) y motivo (el consentimiento o el soporte psicológico). La activación del deseo puede estar al servicio de las necesidades de apego o no. El sistema sexual (que busca la satisfacción del deseo erotico) y el de apego (que busca proximidad con la figura de apego para sentir seguridad, sosiego y bienestar) son 2 sistemas diferentes y relativamente independientes que pueden actuar de forma sinérgica. El sistema está compuesto por mecanismos de defensa (inconscientes) y estrategias de afrontamiento (conscientes) que permiten la regulación emocional. Antes hemos hecho referencia a la relación de un niñx y su cuidador, siendo esta una relación asimétrica. En las relaciones adultas se supone que podamos pasar del rol de cuidador al de cuidado. Cuando este intercambio es eficiente, la satisfacción de estas necesidades contribuyen al desarrollo personal, es decir, el bienestar depende de la ecuación autonomía-dependencia.
La transferencia con los vínculos del pasado es uno de los contextos que pueden alterar la dimensión del deseo sexual. Una de las alteraciones más frecuentes de la experiencia amorosa es dada por el miedo a la intimidad, o sea el efecto de la percepción de la vulnerabilidad del Yo ante la anticipación de la pérdida o abandono. El impulso sexual es controlado por las áreas del cerebro que controlan el dolor y el placer y existe incompatibilidad entre los mecanismos para la sobrevivencia y los de motivación sexual (es decir, si en un contexto me siento insegurx se activan los mecanismos de supervivencia y no puedo conectar con el placer). ¿Qué es lo que percibo como inseguro? La respuesta a esta pregunta da cuenta de la diversidad de nuestra historia socio-afectiva individual. En mi experiencia, por ejemplo, cuando me he encontrado en relaciones en las que mis dos sistemas se movían conjuntamente, volvía a experimentar flashbacks de mis abusos sexuales en los que volvía a ver a mis abusadores en la pareja que estaba conmigo.
Es el cuerpo el que soporta la carga de una experiencia emocional que no ha sido adecuadamente descargada, procesada o integrada en una narrativa vital. La presencia de disociación y somatización es una clara señal de dificultades a la hora de organizar la experiencia individual, que además se alimenta de la fobia a conectar con el cuerpo y de las creencias que hemos desarrollado y que nos guían, en principio para protegernos aunque se hayan vuelto contraproducentes. Me ha llamado la atención una referencia, en los libros que han alimentado mi búsqueda (al final del post, sugiero algunos), a las enfermedades crónicas como expresión tardía del trauma: presentan un factor común de inestabilidad cíclica que refleja el truncamiento del ciclo de la experiencia que se da en el trauma y que se mantiene gracias a dichos mecanismos de defensa. Por esto, es muy importante conversar con el cuerpo independientemente del enfoque terapéutico que decidamos adoptar, no solo para aliviar la carga de aquello que no ha sido integrado, sino también para poder crear y vivir nuevas experiencias, de placer y de satisfacción y generar nuevas estrategias de afrontamiento.
En fin, este post ha sido muy difícil de escribir, por un lado, porque no es fácil resumir el camino de 40 años de vida en unas paginas y, por el otro, porque mi cuerpo está en esta fase de crear nuevas experiencias y se resiste a todo tipo de actividad intelectual y virtual. Por un tiempo, de hecho, dejaré de lado este blog y las redes porque quiero centrarme más en trabajar estos temas con otras personas, presencialmente, desde el cuerpo y la materialidad de los vínculos. Solo quiero precisar que todo lo que he expresado hasta aquí, y en general en mi trabajo, para mí es independiente del género y orientación con los que nos identifiquemos y también del modelo relacional que hayamos escogido.
Gracias por leerme.
Referencias:
- Una red segura. Apego, trauma y no monogamia consensuada. Fern, Jessica.
- Apego y sexualidad. Entre el vínculo afectivo y el deseo sexual. Zapiain, Javier Gómez.
- Psicoterapia centrada en el cuerpo. Kurtz, Ron.
- Trauma, disociación y somatización. Artículo del Anuario de Psicología Clínica y de la Salud 1-2005 (27-38). Rodriguez Vega, Beatriz; Fernandez Liria, Alberto; Bayon Perez, Carmen.
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