La memoria del cuerpo

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“Las memorias traumáticas permanecen registradas en un formato de memoria implícita, somatosensorial, en las capas subcorticales de nuestro sistema neurológico como recuerdos vividos, congelados en el tiempo y que se manifiestan en la misma forma que fueron vividos.” 

(Mario Salvador en un artículo sobre el trauma psicológico).

Cuando me diagnosticaron Esclerosis Múltiple, mi primera reacción fue empezar a trabajar la conciencia corporal, no entendía en qué momento había perdido esa conexión así que empecé un viaje de búsqueda. Tras unos años, vino otra fase: la meditación adquirió más protagonismo, había recuperado la conciencia de mi corporalidad y, con esta, la capacidad de darme cuenta de cómo mis pensamientos y la ansiedad derivada de los torbellinos mentales actuaban en mi sistema y se retroalimentaban con la hiperactivación de mi sistema nervioso. 

A pesar de todo ese trabajo, en el 2018 tuve un brote que me paralizó del cuello para abajo y me obligó a usar silla de ruedas. Desde entonces, he tenido un dolor crónico a la lumbar derecha que a veces se intensifica y recorre toda la pierna como si un relámpago de energía eléctrica me atravesara. Ese dolor se acompaña de una rigidez muscular que me obliga, cuando paso un rato sentada, a tener que recuperar movilidad antes de levantarme del todo y me hace sentir un viejo robot oxidado. 

Estaba convencida de que estos síntomas venían de mi enfermedad, aunque los neurólogos no los reconocen como parte de la EM, (lo que no quiere decir nada ya que se podría llenar una biblia con lo que no saben los médicos de EM). Qué sorpresa cuando este verano probé el tapping (una técnica para la liberación emocional que es muy sencilla y autogestionable); esto me abrió una vía de comunicación nueva con mi interior. 

Siempre he somatizado mis malestares en el cuerpo porque, siendo muy emocional y con una fuerte tendencia a la disociación, he aprendido a callar mis emociones para ser lo más funcional posible en esta sociedad de la producción; sin embargo, la experiencia del tapping me regaló una visión completamente nueva de cómo el cuerpo registra la memoria de los eventos no procesados, no solo de los traumáticos sino también de aquellos que se han repetidos más veces a lo largo de nuestra experiencia vital, dejándonos con unas creencias rígidas.

En mi caso, cuando empecé trabajando con ese dolor, vi una imagen: mi cuerpo tumbado en la cama de mi casa de la infancia, a mi lado derecho está la puerta por la que viene a veces uno de mis abusadores. Todas las noches, viniera o no esa persona, me quedaba en la cama con las piernas rígidas y entrecruzadas y me dormía así en esa coraza de protección. Cuando vi esta imagen, entendí porque el dolor y la rigidez estaban asociados en mi percepción y porque el lado derecho era el afectado. Esa rigidez de noche en la cama no era una novedad, hace 10 años el primer paso que di fue tratar de dormir, más de 20 años después, con las piernas relajadas y sueltas; costó su tiempo, al principio me metía en la cama, me relajaba y a la mañana siguiente me despertaba con las piernas adoloridas de tanta tensión, durante la noche mi cuerpo recuperaba la forma a la que estaba acostumbrado. 

Cuando procesé la imagen de mi vieja habitación con tapping, el dolor y la rigidez muscular se fueron y me quedé asombrada. Pero más tarde volvieron demostrando que esta molestia estaba compuesta por más capas que se habían colocado una encima de la otra. Quitando la más antigua ya el dolor no era tan persistente, pero seguía apareciendo. 

Otra capa fue la de la enfermedad y la creencia de que nadie quiere estar cuando  enfermas. Si, por el abuso, mi confianza hacia el otrx estaba tocaba, cuando llegó la enfermedad la coraza se endureció, “ahora sí que estoy sola de verdad”. Esta afirmación drástica la sostenían dos recuerdos: en el primero, estábamos mi madre y yo con 6 años, ingresando en el hospital para operarnos, ella de adenoides y yo de amígdalas, la cara de mi madre entre triste y enfadada, la ausencia de mi padre, mi miedo a los médicos y a los hospitales al que me enfrento sola, huyendo y escondiendome; el segundo, mi abuela, que he amado como una madre, en una cama de hospital girandome la cara en nuestro último saludo porque no quería que la viera así de vulnerable, cuando las metástasis del cáncer le habían quitado el habla. 

Después de integrar esta capa, el dolor y la rigidez ahora se han vuelto unas guías que aparecen cuando necesito ver algo: la ultima llamada de atención fue hacia la ansiedad transgeneracional de las mujeres de mi familia, en ese momento la personificaba mi madre, que han crecido en la carencia, material, afectiva, de oportunidades y que delante de cualquier situación reaccionan con miedo, con perfeccionismo, con dureza a veces.

Estoy segura de que el camino no ha terminado aquí, todavía hay momentos en los que sigo sintiendo estos síntomas en mi cuerpo pero no tengo prisa de conocer todas las respuestas porque sé que ahora mi sistema interno me va a guiar hacia ellas, ahora que he hecho del cuerpo mi anclaje a la tierra. Ahora es el momento de dejar que las experiencias del pasado configuren mi presente, de liberar aquello que mi cerebro asocia, de hacer explícito lo implícito y de iniciar una nueva exploración en la que el cuerpo es mapa y territorio a la vez.

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